sábado, 20 de diciembre de 2014

MOSCAS Y MOSQUITOS

Al acercarse el estío, comienzan a hacer su aparición en masa unos curiosos animales recién salidos de su letargo invernal. Nos estamos refiriendo, naturalmente, a los humanos. Pero muchas otras especies presentan también una costumbre muy similar, y de esta manera, mientras los humanos invaden las playas, las piscinas o las montañas, las moscas y los mosquitos parecen acompañarnos allá donde vamos. A la actividad de los primeros lo llamamos «vacaciones», a la de los segundos «plaga», a pesar de ser estos últimos quienes lo hacen en respuesta a su ciclo vital y no a un mero capricho estacional.

Estos pequeños individuos parecen ser capaces de alterar nuestro sosiego como nadie en este mundo, hasta el punto de haber llegado a la creencia de que su existencia se limita a eso, a fastidiarnos. Pero difícilmente un grupo de animales que lleva en este planeta algunos cientos de millones de años más que el humano puede deber su existencia a eso. A continuación se van a dar a conocer algunos aspectos de la vida y las costumbres de estos pequeños seres voladores, recordando como siempre que se va a hablar en términos genéricos sobre una comunidad compuesta por individuos únicos e irrepetibles. 

EL TAMAÑO SÍ IMPORTA 

No muchas especies animales despiertan en el ser humano el grado de desprecio que éste muestra por las moscas y los mosquitos, a tal punto que incluso ha llegado a inventarse el término despectivo de «bichos» para referirse a ellos. Varios serán probablemente los motivos ―o más bien prejuicios― que llevan a esta actitud, pero probablemente sea el reducido tamaño de los protagonistas la causa principal. Siendo así, convendrá seguramente iniciar nuestra andadura por la vida y costumbres de estos insectos explicando los motivos de su pequeñez.

La principal causa de su pequeño tamaño se debe, como es
lógico, a su condición de invertebrados, lo que implica la falta de una estructura ósea que soporte el peso de su cuerpo. Bajo el agua, la fuerza gravitatoria es menos patente, por lo que los invertebrados marinos pueden desarrollar tamaños en algunos casos verdaderamente espectaculares, pero en tierra firme la cosa cambia, y se precisa de un esqueleto interno que pueda soportar el peso del cuerpo para alcanzar tamaños más o menos grandes. Pero ¿es ésta la única explicación? Ciertamente, no.

Otro motivo fundamental lo encontramos en su respiración. Las moscas y los mosquitos, así como el resto de artrópodos terrestres, no cuentan con un sistema respiratorio activo ―como los pulmones o las branquias―, sino que se basan en lo que se conoce como sistema traqueal, en el cual el oxígeno y el dióxido de carbono circulan de manera pasiva y sin intervención del aparato circulatorio. Pequeños orificios o poros distribuidos por todo el cuerpo y llamados espiráculos dan paso a un conjunto de tubos vacíos denominados tráqueas. El oxígeno penetra en su interior llegando hasta las traqueolas, que son las encargadas de distribuirlo finalmente hasta las células, al mismo tiempo que repelen el dióxido de carbono. De esta forma, un tamaño excesivamente grande del animal provocaría que el oxígeno tuviera problemas para alcanzar todas las zonas del cuerpo, incluso en aquellos insectos que han desarrollado una forma de bombeo para facilitar su circulación. Sin embargo, hace aproximadamente 350 millones de años, en el periodo Carbonífero, la concentración de oxígeno en la atmósfera era mayor a la actual, lo cual permitió la aparición de los conocidos como «insectos gigantes», como el Arthropleura, un milpiés del tamaño de un humano, o el Meganeura, una especie de libélula de casi un metro de longitud. 

PERFECCIONANDO EL VUELO 

Se cree que los invertebrados empezaron a dar sus primeros pasos por tierra firme entre el periodo Silúrico y el Devónico, hace aproximadamente 420-440 millones de años. Eran artrópodos marinos (antepasados de los actuales crustáceos) que probablemente se adaptaron a llevar una forma de vida anfibia hasta que consiguieron obtener el oxigeno directamente de la atmósfera. Con el tiempo, fueron surgiendo múltiples especies de diferentes formas y tamaños que les permitían explotar un mundo cada vez más rico en vegetación, y entre ellos, surgieron los pterigotas, los primeros insectos alados. Contaban en un principio con dos pares de alas membranosas (al igual que las actuales libélulas, por ejemplo), pero en algunos de ellos, el segundo par de alas se fue modificando hasta reducirse a lo que hoy llamamos halterios, dos diminutos apéndices en forma de mazas que permitían a estos animales mantener el equilibrio durante el vuelo. Hacían así su aparición los primeros dípteros (del griego:«dos alas»), el orden al cual pertenecen las actuales moscas, mosquitos y todos aquellos insectos que cuentan con este mecanismo.

El fósil más antiguo de este orden de insectos data del periodo Triásico, hace aproximadamente 240 millones de años, de una especie conocida como Grauvogelia arzvilleriana. Al igual que todos los insectos, cuentan con tres pares de patas (los invertebrados terrestres que cuentan con más, como las arañas o los ciempiés, no son insectos, a pesar de que exista la tendencia de calificarlos como tales) y se caracterizan por tener un cuerpo dividido en tres partes bien diferenciadas: la cabeza, el tórax y el abdomen. La mayor parte de la cabeza está ocupada por los ojos, compuestos de múltiples unidades receptoras que, junto con los pequeños ocelos situados en la parte superior de la cabeza, les permiten un ángulo de visión de casi 360º. Las antenas, por su parte, las emplean como órganos olfativos muy desarrollados, y sus cuerpos son muy sensibles a los cambios de temperatura y de presión en el aire, lo que les alerta de cualquier amenaza próxima.

Pero la característica más curiosa de estos animales seguramente la encontraremos en sus patas, ya que ―por increíble que pueda parecer― es a través de ellas por donde perciben el sabor gracias a sus miles de papilas gustativas. Así pues, si una mosca o un mosquito desea probar una comida antes de ingerirla, tiene que ―literalmente― pisarla. 

¿VAMPIROS INSACIABLES O MADRES RESPONSABLES? 

Dentro de los dípteros encontramos una amplísima variedad de especies diferentes, llegando incluso a ser el cuarto orden en cuanto a número de éstas con sus más de 100.000 especies conocidas. Esto obliga en gran medida a generalizar en este artículo, pero si existe una característica que ayuda a la gente a hacer una rápida distinción entre los conocidos como mosquitos y las moscas, es sin duda la supuesta costumbre “vampiresca” de los primeros.
 
Los dípteros se caracterizan por tener una aparato bucal en forma de pequeña trompa, adaptado en cada especie al tipo de alimentación que presentan, pudiendo ser en algunos casos de características meramente chupadoras, y perfeccionados en aquellos de gustos culinarios más específicos. Debe decirse antes de nada que el hábito hematófago no es en ningún caso un aspecto de distinción entre un grupo de especies y otras, ya que ni todos los mosquitos chupan sangre ni todas las moscas están libres de este “pecado”.

Se conoce como mosquitos a todas aquellas especies clasificadas dentro del suborden de los nematóceros, dentro del cual encontramos a su vez a diferentes familias biológicas. Entre ellas, tan sólo las especies pertenecientes a los culícidos son chupadoras de sangre, aunque ni siquiera en este caso todas las especies presentan esta característica.

No obstante, la creencia generalizada de que (estos) mosquitos se alimentan de sangre es completamente falsa. El alimento de los mosquitos es el néctar, el cual proporciona sobradamente al mosquito adulto todos los nutrientes que necesita. Ocurre sin embargo que este alimento carece de los necesarios para el buen desarrollo de los huevos de los mosquitos, y es por ello que las hembras ―y sólo las hembras―, antes de la puesta, se ven en la obligación de encontrar las proteínas necesarias en otra fuente. El lugar en el que las encuentran, o más bien el lugar que la naturaleza les ha asignado para que las encuentren, está en la sangre de otros animales, entre los que también nos encontramos, naturalmente, los humanos. Cabría preguntarse si la actitud de estas madres, que ponen seriamente en peligro su propia vida acercándose hasta ese punto a animales mucho más grandes que ellas únicamente para asegurar el bienestar y la supervivencia de sus hijos, puede ser verdaderamente reprochable. 

LAS ASEADAS MOSCAS 

Tanto las moscas como los mosquitos pueden vivir en un amplio abanico de hábitats, siendo todo un ejemplo de adaptabilidad. Por lo general, no suelen alejarse mucho del entorno en el que nacieron, aunque en algunos casos pueden llegar a recorrer sin descanso distancias de varios kilómetros si las circunstancias se lo exigen. También presentan una amplia tolerancia a los cambios de temperatura, aunque cada especie se ha adaptado a los diferentes climas y por lo general no suelen gustarles las temperaturas excesivamente altas. Este es el motivo por el que en verano las moscas y los mosquitos son inquilinos habituales de los hogares humanos. Una vez que la temperatura del exterior desciende, estos pequeños insectos nos muestran su deseo de volver a salir con los clásicos golpecitos en las ventanas. La suya no parece en principio una actitud reprobable, pero a los humanos no parece agradarles en exceso su presencia, especialmente en algunos lugares determinados, como las cocinas.

Las que vulgarmente se conocen como moscas, son las especies pertenecientes al suborden de los braquíceros. Generalmente, estos individuos son inmediatamente relacionados con la suciedad y la falta de higiene, una idea que viene apoyada por el peculiar tipo de alimentación que poseen. Lo cierto es que las moscas pueden alimentarse de una amplia variedad de cosas, pero sienten cierta predilección por algunos restos orgánicos, de los cuales consiguen extraer los nutrientes necesarios sin dificultad. Este hábito alimenticio puede resultar repulsivo desde el prisma humano, pero lo cierto es que cumple una función esencial en cualquier ecosistema. A pesar de ello, no es del todo correcto asociar directamente esto con la falta de higiene. Las moscas son en realidad todo un ejemplo de limpieza y pulcritud. No es difícil apreciar como dedican gran parte de su tiempo a limpiar todas las partes de su cuerpo con meticulosidad, e incluso producen, frotando sus patas, una sustancia compuesta de azucares y aceites que les ayuda en esta función. La falta de párpados, la sensibilidad de las múltiples pilosas sensoriales (los “pelitos”) y la dependencia de un buen estado de las alas, les obligan a un casi obsesivo aseo.

Existen otros motivos más reales por los que tener cierto “cuidado” con las moscas en el aspecto higiénico. Como todos los animales, las moscas expulsan diminutas heces, y además, tienen un peculiar sistema de alimentación, ya que hacen la digestión en cierta forma en el exterior; las moscas sólo consumen alimentos líquidos, así que cuando una quiere consumir algún alimento, lo primero que hace es expulsar una sustancia parecida a los jugos gástricos para licuar la comida y posteriormente ingerirla.
 
Vamos a cerrar este pequeño capítulo dedicado a las moscas con una pequeña mención sobre su cerebro. Antiguamente existía la creencia de que el diminuto cerebro de los insectos a penas les servía para realizar sus actividades básicas, para funcionar algo así como autómatas predecibles, pero la realidad es bien distinta. Hoy en día sabemos que el cerebro de las moscas cuenta con flexibilidad en la toma de decisiones y en las horas de sueño, por ejemplo, sus cerebros trabajan de una manera no muy diferente a como lo hacen los cerebros humanos. Esto viene ha demostrar que incluso los cerebros más pequeños son también capaces de tomar decisiones, guardar y analizar las experiencias vividas durante el día y (¡oh sorpresa!) pensar. 

EL TAMAÑO NO IMPORTA 

Las moscas y los mosquitos cuentan con un desarrollo del tipo holometábolo, lo que significa que en su ciclo vital pasan por una metamorfosis completa formada por cuatro fases bien definidas: el embrión, la larva, la pupa y el adulto, aunque existen excepcionalmente algunas especies que no cumplen del todo con este desarrollo. La longevidad de los dípteros es también muy variable, no sólo de unas especies a otras, sino también de unos individuos a otros. Existen especies que a penas viven unas horas en estado adulto, mientras que otras pueden llegar a varios meses, aunque por lo general, la vida de las moscas y los mosquitos suele rondar las dos semanas.

En cualquier caso, vemos que la vida de estos insectos es verdaderamente corta en comparación a la de otros animales, como los humanos, por ejemplo, y llama la atención que este hecho parezca ser más motivo de menosprecio que de compasión o respeto. Cuando la brevedad de la vida se manifiesta en algún individuo de nuestra misma especie, por enfermedad o accidente, para los seres humanos significa siempre un motivo de profundo lamento y pesar; un sentimiento perfectamente lógico pero que curiosamente, y sin explicación aparente, no parece ser extrapolable al resto de especies animales.

Ha arrancado este artículo afirmando que el tamaño sí tenía importancia, pero como se ha tratado de explicar, tiene importancia única y exclusivamente desde el punto de vista biológico y evolutivo. Desde el prisma moral, ni el tamaño, ni la forma, ni la longevidad, ni ningún otro aspecto meramente superficial debería contar con importancia alguna a la hora de respetar la existencia de estos individuos que tienen tanto derecho como nosotros de disfrutar de sus vidas plenamente, por diferentes, chocantes o hasta molestos que puedan resultarnos.

Las moscas y los mosquitos tan sólo intentan disfrutar de sus vidas, tremendamente breves en comparación con nosotros, que a pesar de contar con una esperanza de vida de más de 70 años hemos sido capaces de entender, en teoría, que la vida es demasiado corta y que debemos por ello tratar de disfrutarla al máximo. Sin embargo, la actitud que mostramos hacia las moscas y los mosquitos parece indicarnos que no lo hemos llegado a entender del todo… Nunca es tarde.

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6 comentarios:

  1. Estoy de acuerdo con muchas de las cosas que se explican en este artículo, y me gusta el tratamiento que se le ha dado a la información, así como aquel maravilloso poema de Machado, pero no puedo compartir que les respetemos en toda circunstancia. Los mosquitos hematófagos que afectan a los humanos son vectores de muchas enfermedades graves y mortales, y por tanto repercuten en millones de vidas humanas perdidas anualmente. Por tanto, entiendo que las poblaciones humanas de las zonas donde estas enfermedades actúan, y en las cuales el mosquito es el vector, quieran eliminarlos a toda costa. Es igual que si te infectas de un parásito como el sarcoptes scabiei, causante de la sarna, quieras eliminarlo de tu organismo y consumas alguna medicina que lo extermine. También este artrópodo está cumpliendo su ciclo biológico, es un animal, tiene órganos y sistema nervioso, pero el respeto a los animales tiene un límite, y ese límite es la vida humana. Gracias.

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    1. Gracias a ti por tu comentario.

      El tema que mencionas es seguramente el más delicado y complejo en cuanto a los que afectan a nuestra relación habitual con los demás animales, con diferentes factores a tener en cuenta que hacen que sea muy difícil resolverlo en unas pocas líneas y a través de juicios generales. Además, creo que mientras no se consiga establecer una base de consideración mínima hacia el resto de animales (totalmente inexistente en la actualidad), me parece que será complicado plantear este tipo de debates con la seriedad y la objetividad que requiere cualquier debate de tipo moral. No obstante, algunas observaciones sí que me parece oportunas.

      En primer lugar, no creo que esa preeminencia de la vida humana esté justificada. Es muy tentador para los seres humanos creer en ella. Los prejuicios antropocentristas de los que partimos no son nada fáciles de superar, y menos bajo circunstancias de este tipo. Pero resulta muy difícil imaginar cómo podría ser justificada una idea como esa desde un punto de vista estrictamente moral. De hecho, implica una clara violación del principio ético de igualdad. Si debemos respeto a la vida de los demás es porque representa lo más valioso para cada uno de nosotros y todos nosotros tenemos interés en conservarla, independientemente de la especie (o raza, o sexo...) a la que pertenezcamos. Hemos conseguido entender que la Tierra no es el centro del Universo, pero me temo que aún nos queda por entender lo mismo respecto a los seres humanos. Urge que adoptemos una perspectiva más humilde.

      Ahora bien, el respeto no es incompatible con la autodefensa. Que nuestra vida no valga más que la de los demás tampoco significa que valga menos. Si alguien pone en peligro nuestra vida o nuestra integridad, estamos perfectamente legitimados a defendernos hasta las consecuencias que sean necesarias. Nuestra vida y nuestra integridad no están al servicio de los demás. Y esto es válido independientemente de quién o cómo sea el sujeto que nos amenace. Los juicios morales deberían hacerse al margen variables como el de la especie. Es un factor que carece de relevancia moral.

      No obstante, también me parece necesario aclarar algunos matices a este respecto. No considero, por ejemplo, que sea correcto criminalizar a aquellos que actúan involuntariamente como vectores de una enfermedad. El simple hecho de que alguien pueda transmitirnos una enfermedad no justifica acabar con su vida. Debe tratarse de un peligro auténtico, serio, no una simple amenaza pontencial. Lo contrario sería lo mismo que acabar con la vida de alguien por el simple hecho de que posea garras, dientes afilados o un cuchillo en la mano. Si el problema es una enfermedad, entonces debe perseguirse a la enfermedad misma, no a sus vectores o reservorios. No deberíamos olvidar tampoco que los propios seres humanos actuamos como vectores y resevorios de muchas enfermedades. De hecho, encabezamos la lista en relación con las enfermedades que nos afectan a nosotros mismos.

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    2. Por otro lado, algunos de nosotros solemos decir que el 99,9% de los agresiones inflingidas al resto de animales no responden a ninguna clase razonable de necesidad o conflicto. Ese 0,1% queda reservado para este tipo de situaciones, pero debería tenerse bien presente el carácter excepcional de ese porcentaje restante. Bajo el mito de que ciertos animales transmiten enfermedades se suelen auspiciar muchos acto violentos que no están en absoluto justificados. Se escudan en ello acciones que no responden si no a las fobias, los desprecios, los prejuicios o la simple incomodidad. Diariamente nos encontramos con una enorme cantidad de insectos y otros animales que no nos hacen ni nos van a hacer absolutamente nada. Creo que es muy importante también incidir sobre este hecho.

      Finalmente, convendría recordar que existen infinidad de métodos preventivos que no sólo resultan más éticos, sino que además vienen demostrando ser los más efectivos. Es también nuestra obligación tratar siempre de encontrar y aplicar las alternativas que sean menos perniciosas. Se pueden escribir muchas líneas en relación a este y otros temas semejantes, pero creo que si todos rigiéramos nuestras vidas bajo la máxima de la no-violencia y procurásemos actuar siempre de la forma menos violenta posible, acertarías casi siempre con nuestras decisiones morales y el mundo sería un lugar mucho mejor para todos.

      Un saludo y gracias nuevamente.

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  2. Excelente análisis, Igor. Gracias.

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  3. Leyendo entradas de este blog me surge una pregunta, desde la ingenuidad y el respeto. Lo que sabemos de los animales no humanos es por medio de la ciencia y sus experimentos para saber mas de ellos (vivos o muertos) ¿Cómo lidia con eso un vegano? Por poner otro ejemplo, científicos para corroborar a Darwin capturan pájaros con redes en diferentes lugares, miden sus picos, alas, tamaño del cuerpo, ect. y después los liberan ¿Es eso aceptable o se podría considerar inmoral?
    Saludos!

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    1. Muy buenas.

      Espero que el contenido del blog te esté resultando útil e interesante.

      Cualquier uso que hagamos de otros animales es moralmente inaceptable, ya que la falta de consentimiento convierte el uso de alguien en un acto de consificación y explotación. Ahora bien, no sería nada lógico desechar la información disponible aunque haya sido adquirida por medios poco éticos. Usar esa información no va a perjudicar a nadie; dejar de hacerlo no va a reparar el daño cometido a los animales que sufrieron los experimentos; y, además, el uso que se hace de ella es precisamente con el fin de intentar ayudar a potenciales víctimas futuras.

      Por otra parte, quisiera señalar que la ciencia puede perfectamente atesorar gran cantidad de conocimiento nuevo sobre otros animales sin necesidad de explotar a estos. De hecho, existe un grupo internacional de etólogos, encabezado por Jane Goodall y Marc Bekoff, que lleva tiempo practicando, defendiendo y abogando por una "etología ética".

      Un saludo.

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