lunes, 16 de marzo de 2015

SARDINAS

Al iniciar un trabajo para esta sección, uno siempre comienza por la búsqueda de libros, webs, reportajes y demás documentación que puedan serle de ayuda. En esta ocasión, la impotencia y frustración es absoluta. Sardinas al horno, sardinas fritas, sardinas asadas, sardinas en escabeche, sardinas a la plancha, sardinas en lata, sardinas, sardinas y más sardinas; “Recetas con sardinas”, “La sardina fuera de temporada”, “La sardina del espacio”… Sardinas por aquí y sardinas por allá. Sardinas por un lado y sardinas por el otro. Sardinas por todas partes; por todas, menos donde deberían estar.

Encontrarse con algo que hable en exclusividad y con objetividad sobre la biología de las sardinas resulta un oasis en un vasto desierto. Pero no hace esto generar desilusión; bien al contrario, lo que aviva es el ánimo; el ánimo por indagar en el mundo de las sardinas más allá de la explotación discriminatoria e injustificable del hombre. No alcanzarán unas pocas líneas a hacerles justicia, menos aún hablando en términos tan genéricos sobre un grupo compuestos por personas que ya por sí solas representan un mundo infinito. ¿Quién sabe si no habrá alguna sardina a quien no le guste el agua? ¿O sardinas anti-sociales quizá? Escapa a nuestro conocimiento. Sirva al menos como incentivo para dejar de ver a las sardinas (cada una de ellas) como un mero recurso a nuestro servicio. 

HONRARÁS A TU PADRE Y A TU MADRE 

Al plantearse uno la idea de hablar de peces siente la irrefrenable sensación de tener ante sí todo el peso de la historia evolutiva. Ésta, según señalan todos los indicios, no es lineal ni siguió un único derrotero, pero en lo concerniente a nosotros, los seres humanos, no hay duda de que les debemos a los peces nuestra presencia hoy en el planeta.

Los humanos pertenecemos al filo de los cordados, el cual está constituido en su inmensa mayoría por vertebrados, quienes a su vez están representados también en su mayoría por peces, algo que no resulta desde luego casual. La pikaia (Pikaia gracilens), es el cordado fósil más antiguo conocido, con una edad de alrededor de 570
millones de años. La clasificación de esta especie, así como la de otras semejantes, no está clara, y aunque no pueda ser calificado como un pez, no hay duda de que, al menos su aspecto externo, guarda cierta similitud con ellos. De lo que tampoco hay muchas dudas es de que estos animales dieron pie a los primeros vertebrados que ―en este caso sí― fueron peces. Así por ejemplo, el fósil más antiguo de pez (y por ende, de vertebrado) que se conoce es el Myllokunmingia fengjiaoa, una especie que habitó durante el Cámbrico inferior, hace aproximadamente 525-530 millones de años. 

Los primeros peces fueron agnatos, un grupo de peces sin mandíbulas que aún hoy existen en un número muy reducido y con un “diseño” más actualizado. Más adelante surgieron los placodermos y los acantodios, ya con mandíbulas articuladas, escamas y aletas móviles en algunos casos. A partir de ellos surgieron finalmente los osteíctios (los peces óseos actuales), que junto con los mencionados agnatos y los condrictidos o peces cartilaginosos (tiburones y rayas) comprenden el total de los peces existentes en la actualidad. Los osteíctios se dividen en diversas clases e infra-clases, siendo la más representativa de todas ellas la de los teleósteos, a la cual pertenecen las sardinas.

A partir de aquí la historia evolutiva continúa incansable. Los peces dieron pie a los reptiles y anfibios, tras los cuales surgieron las aves y los mamíferos. El total de los vertebrados quedaba por fin constituido, apareciendo en muy último momento el humano que, con un ego impresionante y mostrando un absoluto desprecio por su propia historia, se ha creído dueño y señor de todas las especies con las que comparte el planeta. Si nuestros ancestros más primitivos hubieran sabido lo que terminaríamos haciendo a sus descendientes más próximos, quizá se lo hubieran pensado dos veces antes de asomar sus cabezas fuera del agua, en cuyo caso, muy probablemente, se hubiera dado en la actualidad un mundo más justo para las sardinas de lo que lo es ahora. 

COMO PEZ EN EL AGUA 

El de los peces es un mundo tremendamente variado de formas, colores y tamaños (lo cual ha propiciado prácticas tan especistas como la acuariofilia). A pesar de ello, es muy probable que al escuchar la palabra «pez», a muchos de nosotros nos venga a la cabeza inmediatamente la imagen de alguien con la apariencia de una sardina. Ciertamente, el de las sardinas es sin duda un diseño morfológico “clásico” entre los peces, al igual que ocurre con el del resto de especies de la familia de los clupeidos, al cual pertenecen también las anchoas o los arenques («clupea» en latín significa «sardina»). 

Entre los aspectos más llamativos de las sardinas ―y de todos los peces en general― se encuentran los ojos. En los humanos, el iris se contrae o dilata para permitir mayor o menor penetración de la luz, pero en las sardinas, la abertura del iris es fija y las adaptaciones a la luminosidad se producen mediante los fotorreceptores, unas células que actúan o dejan de actuar en función de la intensidad lumínica. Este proceso es mucho más lento que el del iris, lo que implica que sean más sensibles a los cambios bruscos de luz, pudiendo llegar a causarles mareos y desorientación. Por otra parte, el ojo de la sardina carece de la capacidad de modificar la distancia focal, lo que hace que no tengan una gran profundidad de visión y carezcan casi por completo de la capacidad de ver de forma tridimensional. Por si esto fuera poco, son también miopes, pero su miopía se debe a una cuestión práctica, puesto que la turbiedad del agua hace que una buena vista a larga distancia sea totalmente innecesaria. Pero no todo son desventajas, naturalmente. Su retina, por ejemplo, es más sensible a los contrastes de color y los movimientos. Por otra parte, sus ojos se sitúan a ambos lados y esto les permite un campo de visión mucho más amplio en comparación al nuestro, no sólo a nivel horizontal, sino también vertical. La visión monocular dificulta la visión tridimensional, pero facilita la detección de objetos. La vista de las sardinas sencillamente está adaptada a sus necesidades, igual que la nuestra.

Mayor semejanza encontramos en cuanto al sistema nervioso central. Una sardina es perfectamente capaz de sentir ansiedad, estrés o miedo, respondiendo ante estas experiencias igual que lo hacemos nosotros (con el aumento del ritmo cardíaco y respiratorio, la liberación hormonal de adrenalina, los retortijones, los jadeos, etc); de hecho, algunos expertos como el Dr. Michael W. Fox señalan que «los peces sufren tanto o más por el miedo como por el anzuelo». En el aspecto físico, la piel de las sardinas es extremadamente sensible; el más leve golpe puede causarles un sufrimiento inmenso, y cualquier herida provoca generalmente la infección y posterior muerte del individuo. Es por ello que las escamas son de vital importancia para ellas en la protección de su piel, aunque tienen al mismo tiempo una función añadida que ha sido descubierta más recientemente y de la que hablaré más adelante. Las sardinas cuentan a su vez con un sentido más que los humanos. Se trata de la línea lateral, consistente en unos poros situados en los costados que conectan con unas células ciliadas conocidas como neuromastos, sensibles a los campos eléctricos y los cambios de presión en el agua. Esta línea lateral es de suma importancia para las sardinas ya que permite detectar cualquier movimiento, vibración o actividad próxima, algo vital en un entorno plagado de amenazas.

Como se puede apreciar, las sardinas están perfectamente adaptadas para vivir en su medio, pero aún cuentan con una ayuda más para ese propósito; y es que todos los expertos coinciden en señalar que los primeros peces óseos habitaron en aguas dulces y que, para evitar los periodos de desecación, estaban provistos de una especie de pulmones primitivos que les permitían recibir el oxígeno directamente del aire. Es probable que ésto fuera lo que permitió a algunos animales emprender el viaje a tierra firme, pero para los peces que optaron por permanecer en el agua, estos pulmones fueron sufriendo una transformación progresiva, renunciando a su función original y dando pie a lo que hoy se conoce como vejiga natatoria. Se trata de un órgano lleno de gas que permite a los peces que cuentan con él mantener una flotabilidad neutra sin apenas desgaste físico. Además, la vejiga natatoria posibilita también la succión del agua, algo que sirve tanto a la hora de alimentarse como de respirar, pudiendo hacer esto último en una posición completamente estática, una virtud con la que no cuentan los peces que carecen de este órgano, como los tiburones, que deben mantenerse en continuo movimiento para no morir por asfixia. Los humanos hemos sabido imitar este órgano, y los submarinistas actuales emplean un sistema que hace las funciones de flotabilidad de la vejiga natatoria. 

DOS Y DOS SON CUATRO 

La vida de una sardina comienza en el huevo, después de producirse el desove que los adultos llevan a cabo en primavera, cerca de la costa, en el cual una hembra receptiva es provocada por un macho para que libere sus huevos y pueda fertilizarlos. Cada madre puede llegar a poner entre 50 mil y 60 mil huevos en cada puesta, lo cual puede darnos una idea aproximada de la cantidad total de huevos que son puestos anualmente. Éstos cuentan en su interior con una gota de grasa que evita que el huevo se hunda y quede flotando cerca de la superficie, gracias a lo cual los huevos pasan a formar parte del denso y variado grupo del plancton. La eclosión se produce al cabo de un par de semanas, a lo largo de las cuales la mayoría de ellos ya habrán sido víctimas de innumerables animales. Las larvas resultantes son igualmente atacadas y, como los huevos, quedan totalmente a merced de la corriente. Este estado hace que la supervivencia durante este periodo de la vida de la sardina sea puramente fortuita. Los pocos ―muy pocos― individuos que alcanzan la edad juvenil son, literalmente, unos afortunados. Con unos 14 cm de longitud, aproximadamente, las sardinas alcanzan finalmente la madurez sexual, es decir, están perfectamente desarrollados y ya pueden ser papás y mamás. Su crecimiento se ralentiza mucho a partir de aquí, aunque, como ocurre con todos los peces, no dejan de crecer hasta el momento de su muerte, que en circunstancias óptimas puede ocurrir a los 15 años.

Como adultas, la alimentación de las sardinas se basa en el mencionado plancton del que irónicamente formaron parte en sus primeros días. La alimentación se produce generalmente de manera activa, buscándola y capturándola, pero al mismo tiempo han sabido idear un sistema mucho más práctico para nutrirse: cuando observan al plancton moverse en una corriente de agua, las sardinas se colocan frente a él, nadando en dirección contraria, abriendo sus bocas y dejando circular el agua por sus branquias. El agua vuelve a salir a través de los opérculos, pero el alimento queda atrapado en las conocidas como branquiespinas, unas prolongaciones situadas en la parte interna de las branquias que actúan como coladores naturales. Su función es exactamente la misma que la de las barbas de las ballenas misticetas o no dentadas.

El mencionado sistema de alimentación es de lo más ingenioso, y no es el único que presentan. La lógica nos indica que estas estrategias son una muestra de inteligencia, pero los humanos seguimos prefiriendo describir estas conductas como surgidas del “instinto”, esa palabra que tantas y tantas veces nos ha sacado del compromiso de tener que explicar cosas que no alcanzamos a entender. Se sabe hoy en día que la inteligencia de los peces está muy alejada de los muchos menosprecios que históricamente se le han dedicado. Se ha observado a los peces idear, engañar e incluso emplear herramientas. Y qué decir sobre su memoria; un pez que sufre un perjuicio lo evitará durante muchísimo tiempo, nada que ver con la barbaridad de los tres segundos que tantas veces se ha escuchado. Estudios recientes han desvelado además que los peces tienen la capacidad de contar por lo menos hasta cuatro, ya que aquellos habituados a vivir en grupo, al encontrarse en la tesitura de elegir entre unirse a un grupo de tres o de cuatro individuos, eligen siempre al grupo más numeroso; a partir de esa cifra parecen hacerlo de manera indiferente.

Digo todo esto únicamente como ejemplo de los prejuicios humanos, ya que la inteligencia, evidentemente (aunque no tan evidente para muchos), no representa en modo alguno un aspecto moralmente relevante. Tener mayor o menor inteligencia no supone mayor relevancia que tener mayor o menor capacidad natatoria. Ni las sardinas son superiores a nosotros por nadar mejor, ni nosotros somos superiores a ellas por ser más inteligentes. 

¡UNO PARA TODOS Y TODOS PARA UNO! 

Hemos visto que las sardinas son animales perfectamente adaptados al medio acuático. Difícilmente podría idearse un diseño mejor que el suyo para este propósito, pero desgraciadamente para ellas, no son las únicas. El número de depredadores con que cuentan las sardinas es inmenso, desde otras especies de peces hasta cetáceos, moluscos, aves y mamíferos. Las sardinas no son grandes, no son fuertes, no tienen dientes afilados, ni tentáculos, ni pinzas, y aunque son veloces nadadores, no son en ningún caso los más rápidos. Así pues, para defenderse de las amenazas necesitan echar mano una vez más del ingenio, y es aquí donde vuelven a cobrar protagonismo las escamas.

No descubro nada nuevo si digo que las escamas plateadas de las sardinas brillan, algo que se debe a las capas de cristales de guanina que, combinados con el citoplasma, funcionan como inmejorables reflectores de luz. Lo que un grupo de científicos británicos ha descubierto recientemente es que estas capas son múltiples y que permiten que la luz no se polarice, sino que mantenga su alta reflectividad. Las sardinas son conscientes de estos reflejos y los emplean a voluntad, pudiendo ajustarlos e incluso evitarlos. La particular estructura de múltiples capas maximiza su reflexión desde todos los ángulos desde los que son vistas, sirviéndoles así como un mecanismo de camuflaje al permitirles mimetizarse con el campo de luz situado bajo la superficie. Además, los reflejos son aprovechados por ellas para dirigirlos hacia sus depredadores para desorientarles e incluso cegarles momentáneamente, y cumplen también, según todo parece indicar, funciones comunicativas.

Se trata de un descubrimiento asombroso y una estrategia de lo más ingeniosa, pero a pesar de ello, no hay duda de que el principal mecanismo de defensa de nuestros protagonistas sigue siendo otro: la asociación. La sardina está considerada como el pez gregario por excelencia, y los bancos que conforman (de millares de individuos) se mueven con una gracilidad y dinamismo increíbles. Esta destreza no se debe tan sólo a su habilidad natatoria, sino también a la percepción de sus sentidos, especialmente el de la línea lateral que mencionaba anteriormente, que permite a cada sardina percibir de manera instantánea el movimiento de sus compañeras. El movimiento sincronizado de todos los miembros del banco, unido a los reflejos lumínicos mencionados, dificulta enormemente la tarea de los atunes, delfines, tiburones y otros animales que tratan de capturarlos, alargándose los ataques durante mucho más tiempo del que suelen mostrar habitualmente los clásicos “documentales de naturaleza”. A pesar de todo, los bancos o cardúmenes terminan sufriendo muchas bajas, pero una sardina por sí sola no tendría ninguna posibilidad.

Lejos de lo que pueda suponerse, estos bancos no se forman de manera aleatoria, sino que tienen un orden que cumplen a rajatabla donde cada individuo busca asociarse con miembros que guarden una apariencia similar a la suya. Así, por ejemplo, los juveniles y miembros de menor tamaño suelen conformar un banco, mientras que los adultos y los de mayor talla lo hacen en otro, siendo también tenidos en cuenta otros aspectos tales como la forma o la tonalidad de la piel. Esta selección tiene en jaque a la comunidad científica, sobre todo porque los indicios la señalan como una habilidad no innata, sino aprendida. Los bancos tan solo se deshacen a la hora de alimentarse. El resto del tiempo las sardinas permanecen unidas, incluyendo las migraciones periódicas que emprenden cada año. Antiguamente se creía que estas migraciones eran horizontales, pero hoy se sabe que son más bien verticales, sumergiéndose a aguas más profundas en invierno y ascendiendo a aguas más superficiales en verano.

Vemos claramente la importancia que tiene la asociación para las sardinas y, visto así, resulta de una vileza tremenda que el humano, en su insaciable afán por satisfacer sus caprichos más superfluos, haya convertido en la casi única arma de defensa de estas personas en su trampa más mortal. El asesinato de las sardinas (llamado «pesca» para acallar conciencias) sólo es rentable en cantidades ingentes, y para ello los bancos suponen una gran “ayuda”. Tal es así que han tenido que surgir medidas para limitar las capturas, siempre desde un plano absoluta y despiadadamente egoísta. Sencillamente, no queremos que la “despensa” en la que hemos convertido los mares y océanos no se quede sin “provisiones”.

El complicado viaje de las sardinas por la vida no debería acabar en la cubierta de un barco pesquero, agonizando, asfixiándose y aplastándose unos a otros mientras se preguntan qué demonios es lo que ha pasado. La vida de una sardina ―tan valiosa para ellas como la nuestra para nosotros― ya es suficientemente dura y complicada sin nuestra intromisión. No haríamos mal en recordar nuestra propia historia evolutiva aunque sólo fuera para tener presente el vínculo que nos une a todo el resto de animales con quienes compartimos el planeta. Probablemente sea un primer paso necesario hacia el respeto mínimo que les debemos a todos ellos.

 ----------------------------------------

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Toda participación será bienvenida siempre que cumpla con las normas del blog. No obstante, con efecto de conseguir una comunicación civilizada y evitar de entrada situaciones indeseables, todos los comentarios deberán pasar por un filtro de moderación previo a su publicación. Gracias por su paciencia y comprensión.