sábado, 17 de diciembre de 2016

LA OLA DE LIBERTAD


Leslie Cross fue uno de los fundadores de la Vegan Society y vicepresidente de la misma en sus primeros años. Tuvo una importante participación a la hora de establecer una definición clara y definitiva del veganismo, y sus escritos siempre me han parecido que reflejaban una atemporalidad y claridad de mente pocas veces vistas. El siguiente texto suyo, sin embargo, está escrito en un lenguaje algo más íntimo y cercano de lo habitual, tratando de ofrecer en él una visión algo más personal de lo que representa el veganismo, tanto en sí mismo como por su significado dentro del progreso global de la humanidad:

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Este es un intento por explicar en términos simples lo que es el veganismo y por qué y cómo llegó a existir, y sugerir lo que podría significar para la humanidad.

La palabra "veganismo" es un símbolo que representa un cambio importante, una nueva mutación comparable a la liberación de los siervos y los esclavos.

Su definición oficial —"la doctrina de que el hombre debe vivir sin explotar a los animales"— es exacta, precisa y completa, pero no siempre se entienden totalmente. Esto no es tan sorprendente como podría parecer, dado que rara vez trece cortas palabras consagran una reforma tan masiva, una consecución que traería un nuevo mundo y nuevos hombres para habitarlo. 
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¿Por qué creemos que debemos vivir sin explotar a los animales? Preguntado de otra forma, ¿por qué se formuló esta doctrina?Al final, la respuesta, si no inmediata, es reveladora, ya que demuestra la verdad de la afirmación de que el veganismo no es un simple brote en la evolución humana, sino un crecimiento fundamental de gran importancia. 

El veganismo debe su nacimiento al hecho de que en lo más profundo de nosotros creemos inexpugnablemente en la libertad —quizá en particular aquellos que nacieron y fueron criados en estas islas tradicionalmente amantes de la libertad.

La libertad para vivir nuestra propia vida a nuestra manera, de acuerdo con nuestra propia luz interior, es fundamental para nuestra visión de la vida misma. A la luz de este concepto es como encontramos el verdadero significado de la reforma vegana. Sólo cuando lo vemos como una doctrina no de restricción (como creen erróneamente quienes se oponen), sino de libertad, es cuando podemos comprenderlo plenamente. 


La cuestión es tan simple como ésta: que, en el fondo, el veganismo es el más reciente de las periódicas oleadas que han marcado el rumbo de la libertad desde el inicio de la historia. Se distingue de sus predecesoras en virtud del hecho de que aporta una característica bastante nueva y distintiva en la larga lucha por la libertad; se ha impulsado la ola de la libertad más allá de lo que hasta ahora ha sido considerado su límite natural —el concepto del hombre libre. Hasta la llegada del veganismo, comparativamente pocos hombres consideraban a los animales como dignos o titulares del derecho a ser libres, y, probablemente, aún se han dado menos cuenta del efecto impresionante que la concesión de tal derecho tendría sobre la libertad del hombre mismo.

La verdadera, la importancia indeleble del veganismo, es la devastadora demostración lógica de que al negar a los animales el derecho a ser libres, el hombre cierra contra sí mismo la puerta de entrada a un mayor desarrollo de la felicidad.

Creer en el derecho a ser libres significa inevitablemente otorgar ese mismo derecho a los demás. Si fracasamos en esto, negamos el principio en sí. Convertimos así el 1984 de Orwell en una posibilidad lógica y a la esclavitud de unos hombres sobre otros en un acto justificable. Por decirlo de otra forma, la ley de la libertad —que también es la ley del amor— no tiene límites. Al excluir el hombre en su mente a los animales de esta operación, ha establecido límites arbitrarios sobre ella, y al hacerlo ha cosechado lo que sembró —una grave limitación sobre su propio progreso. Es sobre este factor, esta reconocida pequeña obstrucción en el crecimiento del hombre, donde el veganismo arroja una luz tan implacable y reveladora.

Cuando volvemos a la cuestión de cómo entró el veganismo en el mundo encontramos un excelente ejemplo del enfoque indirecto que adoptan a veces las fuerzas del destino.

El hecho mundano es que la semilla del veganismo surgió a partir de una discusión en las columnas de correspondencia de "El Mensajero Vegetariano" sobre la cuestión moral contra el uso de productos lácteos por parte de los vegetarianos. Al final de la correspondencia, un puñado de vegetarianos decidió que les gustaría constituir un grupo de "no-lácteos" dentro de la Sociedad Vegetariana. Sin embargo, la Sociedad se negó y sugirió que estos pocos miembros debían crear una organización propia. Así es como la Sociedad Vegetariana se hizo esclava involuntaria del destino, porque el resultado directo de su acción fue la formación de la Vegan Society [Sociedad Vegana] en noviembre de 1944.

Con el tiempo, la nueva Sociedad no estaba contenta con ser simplemente "no-carne, no-lácteos, no-huevos, no-miel". Productos tales como la piel, el cuero y la lana se unieron a los alimentos de origen animal como "no-veganos". Hubo un primer intento por llegar a la raíz de lo que está mal en la relación entre el hombre y los animales; de hacer frente a la causa en lugar de a sus efectos casi incontables. Sin embargo, no fue si no después de algunos años de estrés y tensión interna cuando la Sociedad fue capaz de precisar lo que quería hacer. Finalmente, se tomó una decisión final el 11 de noviembre de 1950, cuando se acordó en una reunión general especial que lo que quería hacer era poner fin a la explotación de los animales a manos del hombre.

Entre 1944 y 1950 el significado interno y verdadero del veganismo se llevó a cabo "en disolución", de forma indefinida y sin un completo reconocimiento. La motivación "no-láctea" fue desde el principio claramente insuficiente como sentido último; de hecho, no fue más que el desencadenante que impulsó una nueva y profunda verdad en el mundo. En 1950, cuando el significado del veganismo adquirió una apariencia general, fue formulado en una frase simple que fue insertada en la constitución de la Sociedad.

Desde 1950 no ha habido ninguna duda en cuanto a su significado. La corta definición citada en la primera parte del artículo se amplió con la Regla 4 (a): "la Sociedad tratará de poner fin al uso de animales por el hombre para alimento, materias primas, trabajo, caza, vivisección y todos los otros usos que impliquen la explotación de la vida de los animales por parte del hombre".
 


A pesar de que antes de 1950 no hubo una buena discusión en cuanto a lo que de hecho era el veganismo, una cosa nunca se puso en duda: la potencia impulsora detrás del movimiento fue, y sigue siendo, la compasión por los animales, que surjan del trato que reciben a manos del hombre. Fue la compasión la que llevó a los fundadores a unirse en 1944 y es la compasión la que proporciona la fuerza motriz a día de hoy.
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Como Sociedad, una parte importante de nuestro trabajo radica en poner en conocimiento de los hombres de todo el mundo algo que de otro modo podría escapar de su atención: la importancia integral de la emancipación animal.

Los animales se presentan ante el hombre como una prueba suprema de su solvencia y capacidad de avanzar; el
reto de cómo se comporta con aquellos sobre los que posee el poder.


Es triste pero cierto que la cara más habitual de este reto busca su propio beneficio a costa del sufrimiento de los animales. Los caza, los mata, los vivisecciona y los esclaviza. Para obtener su leche se inflige sobre ellos una de sus explotaciones menos dignas de todas —la separación deliberada y forzosa de la madre vaca de su ternero. Toma a los salvajes, libres y nobles caballos, los quebranta, los castra y los arrea. Su constante oración no es tanto para el pan de cada día como para la carne de cada día. Podría excusarse al hombre compasivo por preguntar puntualmente qué clase de relación puede ser ésta, que tiene por sus símbolos el látigo y las riendas y el cuchillo del matarife.

El escritor estadounidense Henry Bailie Stevens ha argumentado que uno de los "giros equivocados" tomados por el hombre en algún lugar de su evolución fue la esclavización ("domesticación") de los animales. La afirmación es, cuando menos, lógica. No tiene mucho sentido, por ejemplo, pedir paz en la tierra y al mismo tiempo llevar a cabo lo que equivaldría a una guerra contra los animales.

Lo que se necesita para empezar a corregir esta desviación evolutiva es aceptar la idea de que la emancipación de los animales es un objetivo deseable. Si un número suficiente de personas experimentase esta conversión mental, entonces las habilidades y el ingenio de los hombres podrían ser utilizados para desarrollar alternativas a los productos de origen animal, que la mayoría de los hombres, sin duda, creemos que son esenciales para su bienestar. Estos productos — una leche no-animal completamente satisfactoria sería un ejemplo— son necesarios para alcanzar la aplicación práctica universal del ideal. Las cosas no son iguales para hombres y mujeres, y hay muchos para quienes los actuales obstáculos prácticos deben parecer insuperables. No podemos cerrar los ojos ante el hecho indudable de que a esas personas esta clase de obstáculos les resultan reales y no imaginarios.

Con el fin de proporcionar al movimiento vegano suficientes recursos y capacidad, es vital atraer a la gente a él. El método más inmediato es la difusión de la idea —la idea de la emancipación de los animales. Daremos la bienvenida a conversos de cualquier grado —tanto los que sólo pueden prometer una aceptación mental como los que fielmente, y en la medida de sus posibilidades, lleven su aceptación del ideal a la práctica diaria.

A medida que la idea vaya recibiendo una mayor aceptación, las oportunidades crecerán haciendo más fácil y atractivo el camino para aquellos cuya naturaleza no es la del pionero. Al mismo tiempo que se eliminan gradualmente los obstáculos para la práctica personal, la atención tendrá que ir poniéndose en la pregunta de cómo proponemos enfrentarmos a los animales en general tan pronto como el cambio de la explotación a la libertad alcance una cierta etapa. No es difícil ver que un cambio tal traerá consigo problemas de un carácter amplio y general. Nadie, y menos aún los veganos, quiere un mundo sin animales —y como en general y en detalle proponemos efectuar el giro de la explotación y la perversión a la libertad y la naturalidad, éste será un buen tema de conversación algún día.

Si se me permite introducir una observación personal, hay un pequeño deseo que me gustaría pedir a la providencia, y es que ese día llegue mientras aún esté aquí para experimentarlo. ¡Qué glorioso sería, por ejemplo, poder participar en un debate sobre si, a los efectos del cambio, un parque natural o un santuario de animales debería crearse en una u otra parte del país y cómo debería estar planificado exactamente!

Cuando el veganismo alcance esa etapa habrá un inmenso cambio en el corazón y la mente de la mayoría de los hombres y las mujeres. La idea de explotar animales será entonces tan repugnante como lo es a día de hoy la idea de la esclavitud humana. Algunos de los cambios de la vida diaria son obvios. No habrá carnicerías, por ejemplo, y el lechero (si es que aún continúa haciendo su ronda) repartirá leche vegana. El campo no estará cargado con la angustia de las vacas que lloran por sus terneros. No habrá mataderos, no habrá laboratorios de vivisección, nadie cazará animales por diversión...

Pero algunos de los cambios no son tan obvios. Los beneficios que el hombre obtendrá para sí mismo al vivir en un mundo más amable y más ilustrado sólo se pueden prever a grandes rasgos. Su salud, física y mental, mejorará enormemente. Al haber arrojado una gran cantidad de la parte más gruesa de su naturaleza, se verá bañado por los beneficios espirituales —beneficios que hoy, por su propia voluntad miope, se niega a sí mismo.

Tal es el material de los sueños... Para hacerlos realidad se requiere que juguemos nuestra parte, la que nos toque. Estamos en los estadios más elementales de la nueva mutación. Somos los pioneros.

Leslie J. Cross, 1954.
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Traducido por Igor Sanz.

Texto original: The surge of freedom
 

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