viernes, 22 de julio de 2016

DERECHOS Y OBLIGACIONES


«Los demás animales no pueden tener derechos porque no pueden contraer obligaciones». Ignoro hasta dónde alcanzan verdaderamente las fronteras de esta concepción moral tan estrecha, pero en lo tocante a los nohumanos resulta reflejar una mentalidad de lo más acostumbrada. La respuesta tradicional e inmediata apela al argumento de los casos marginales: si los derechos deben estar sujetos a obligaciones, entonces ni los niños pequeños, ni los ancianos seniles, ni las personas con fuertes discapacidades psíquicas contarían tampoco con ellos. Esto choca de tal manera contra la intuición de la gente que por sí mismo ya suele ser suficiente. No obstante, considero que esta visión moral de tipo contractualista plantea además otra serie de problemas de base que me gustaría comentar y analizar brevemente.

En primer lugar; concebir la ética como un pacto o contrato entre las partes implicadas exige aceptar un aserto normativo previo que no podría ser justificado desde el propio contrato. Los contractualistas no aceptan que el sujeto A simplemente imponga su entera voluntad sobre el sujeto B. Para los contractualistas, el sujeto A y el sujeto B deben llegar a un mutuo acuerdo cuyos parámetros representarían la parte constituyente de la ética. No obstante, esto refleja al menos un deber al margen del susodicho acuerdo —el deber de acordar, precisamente—, y desde ese momento la ética ya no podría ser enteramente reducida a los dictados establecidos en ese pacto.

Es posible concebir la moral como una serie de normas ficticias pactadas en un acuerdo, pero en última instancia hará falta algo que explique por qué la gente ha de respetar ese acuerdo o de lo contrario esas normas valdrán lo mismo que nada. Y si las normas son obligatorias pero los contractualistas no pueden explicar por qué la gente ha de atenerse a ellas, entonces ya no cabría la posibilidad de convencer, sino meramente de imponer, quedando así la moral exclusivamente en manos de los más poderosos. Este escenario convierte al contractualismo en un mero eufemismo de despotismo. La única manera de que los contractualistas puedan eludir este hecho es encontrando alguna razón que justifique que las personas se avengan a regir su conducta de acuerdo a unas normas pactadas. Necesitan encontrar el deber objetivo de acordar y respetar el acuerdo, y eso significaría admitir una ética de base lógica y extra-contractualista.

En segundo lugar; parece claro que determinar la conducta de cada uno de acuerdo con la de los demás nos conduce a un irremisible razonamiento circular. El sujeto A debe contraer obligaciones morales respecto a B en tanto que B contraiga obligaciones morales respecto a A, pero resulta que B sólo contraerá obligaciones morales respecto a A en tanto que A contraiga obligaciones morales respecto a B, y así sucesivamente, cayendo en una vorágine de circularidad absurda y sin fin. Sólo tendríamos obligaciones hacia las personas con derechos, pero, a su vez, sólo tendrían derechos las personas con obligaciones.

Es fácil acomodar la idea del contrato en el marco de una comunidad que ya estuviese provista de derechos y obligaciones, pero si pensamos en una sociedad emergente (y habremos de admitir que todas las sociedad han de pasar por este estado), la cosa se complica. Puesto que aún no hay derechos, tampoco hay obligaciones. ¿Cómo podrían entonces hacer acto de presencia los derechos en un escenario con ausencia total de obligaciones? El argumento que justifique la aparición repentina de derechos y obligaciones no puede asumir la existencia de los mismos. Esto sería una petición de principio. Sólo rompiendo esa unión inmanente entre los derechos y las obligaciones es posible salvar esta paradoja. En última instancia, será forzosamente necesario abrir la puerta a unos derechos que no estén sujetos a obligaciones, a partir de lo cual quedará por justificar de alguna manera por qué esa excepción no es aplicable a todo el mundo.

El contractualismo representa una clase particular de relativismo. Al igual que los relativistas, los contractualistas sugieren que la ética es un puro artificio y que no existen por tanto verdades morales objetivas y deducibles. La única diferencia entre los unos y los otros es que, ante esa supuesta falta de verdades morales objetivas, los contractualistas proponen que nos inventemos unas. El problema al que se enfrentan, no obstante, sigue siendo el mismo: si no existen verdades objetivas, entonces tampoco existe la verdad del contractualismo. Se trata de una visión abocada a su propia refutación.

Cabe añadir que existe una versión semejante pero ligeramente distinta del precepto con el que arrancaba esta entrada. Se trata de aquella que dice que «los demás animales no pueden tener derechos porque no poseen la facultad de reconocerlos». En este caso, sin embargo, ni tan siquiera es necesario apelar a los casos marginales para poder evidenciar las lagunas del razonamiento; y es que si la cuestión fuera tal, entonces sólo cabría tener derechos durante el estado de vigilia, en tanto que no existe criatura terrenal alguna capaz de reconocer absolutamente nada estando dormida. No habría de esta manera ningún problema en matar a alguien siempre y cuando se hiciera durante su hora de la siesta.

Pero en este caso también podemos advertir fácilmente un razonamiento de tipo circular. Sólo tienen derechos quienes pueden reconocerlos, bien; pero cabe entonces la siguiente pregunta: ¿reconocer el qué? ¿Cómo van a reconocer los animales nohumanos algo cuya existencia es negada antes del reconocimiento? No parece lógico pretender que alguien reconozca algo que no existe; y si resulta que ese algo sólo existiría a partir del momento en que fuera reconocido, entonces la cuestión deriva en un callejón sin salida cuya resolución se antoja una empresa que sobrepasar con mucho lo máximo exigible a cualquier persona, humana o nohumana. Si algo es susceptible de ser reconocido, significa que existe con independencia de su reconocimiento. No se puede reconocer lo que no existe.

Los derechos requieren ser reconocidos y están sin duda vinculados a obligaciones; pero ese reconocimiento y esas obligaciones no incumbe al poseedor de los derechos, sino a aquellos facultados para entender su significado. Los derechos no atañen a los pacientes morales tanto como a los agentes morales. Nótese además que la unión inexorable de los derechos y las obligaciones haría inútil esta tradicional distinción de los sujetos: los pacientes morales y los agentes morales serían una y la misma cosa.

Con todo y con eso, soy perfectamente capaz de entender el porqué se muestran tan extendidas las opiniones que reducen la ética a la idea de un mero acuerdo comunal. Por un lado, porque no es nada inusual que la moral se confunda con la política; y por otro, porque observamos que el número incalculable de culturas del mundo y de la historia posee su propio y particular código de conducta, cada uno de los cuales nos es descrito siempre como "su moral". Las propias normas religiosas encarna este hecho a la perfección —siendo las religiones, por cierto, un fiel reflejo de la mentalidad contractualista: un sistema de normas ficticias impuesto a través del miedo, la fuerza y/o la coacción.

Pero si estamos de acuerdo en que la moral representa la conducta correcta, entonces hemos de admitir a su vez que sólo la lógica puede actuar como el juez cabal que discierna lo correcto de lo incorrecto. Esto hace que la ética adquiera una fundamentación lógica, y si reconocemos la existencia objetiva de la lógica, entonces estaremos igualmente obligados a aceptar la existencia objetiva de la ética. La moral debe ser entonces identificada, no diseñada. Cada religión, cada cultura y cada periodo de la historia posee su propio código de conducta, pero ese código no representa tanto su moral como su interpretación de la moral.

Llegados a este punto, aún se podría preguntar: ¿son al menos los derechos en particular un artificio? La respuesta es "no", porque los derechos refieren a deberes, a obligaciones (no de los pacientes, sino de los agentes), y si esas obligaciones existen objetivamente, entonces los derechos también. ¿Tengo la obligación de respetar al sujeto A? Entonces el sujeto A tiene el derecho a ser respetado por mí. Eso es un derecho, una especie de distintivo que certifica una protección especial; un recordatorio acerca de las obligaciones que los agentes morales tienen para con ese sujeto. No parece necesario, por otro lado, entrar ahora a discutir si tenemos o no obligaciones hacia el resto de animales. No parece necesario porque, a la luz de los hechos, su admisión unánime es de sobra evidente; de lo contrario no existirían leyes de "Bienestar Animal" ni medidas en contra del "maltrato animal". Ocurre empero que los derechos en realidad no proponen nada esencialmente diferente; tan sólo que un derecho se refiere a un tipo de obligación o protección de carácter particular, no-consecuencialista, inmutable e inalienable. 

En suma; decir que los demás animales no pueden tener derechos porque no pueden adquirir obligaciones equivale a decir que no pueden recibir atención veterinaria porque no pueden ejercer la medicina. La ética no es un club privado que exija superar un examen de selectividad como condición para el acceso a sus privilegios. Esta es una perspectiva muy cómoda para quienes ya poseen derechos reconocidos, pero dudo que esas mismas personas estuviesen de acuerdo con ella en caso de que tuvieran que ganarse ese reconocimiento respondiendo a criterios arbitrariamente determinados por otros.

No me resisto a terminar este ensayo señalando una flagrante contracción: al decir que los demás animales no pueden tener derechos porque no pueden contraer obligaciones, lo que estamos diciendo es que no podemos considerarlos sujetos de derecho porque no sería una consideración correspondida por su parte. No obstante, sí demostramos por el contrario ser perfectamente capaces de considerarlos esclavos (propiedades) cuando tampoco hacen lo propio en este caso. Estando o no de acuerdo con el argumento inicial, admitamos al menos que su valor habrá de ser el mismo para cualquiera de las dos circunstancias.
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